sábado, 10 de octubre de 2009

Jeannette Clariond

Erotizo mis palabras
Porque no puedo
Erotizar mi cuerpo

Las lleno de color
De fruto
Al reventar

Erotizo lo que toco
Menos la carne
Pues es tan grande mi deseo

Que la carne
Si tocada
En agua ardería

Erotizo cada hoja
La tinta
El filo del cajón

Ardo en el teclado
El mouse
Lo oblicuo del bolígrafo

Erotizo mi voz
Mis senos contra el vidrio
La máscara del Buda en el buró

La pobre cruz de Cristo
Su sangre
Sus espinas

Después de todo
Nada es pasión
Sino madero irredento
Sólo un madero irredento

***


Apenas se oía el polvo,
latía la luz en los intersticios de la veneciana,
y tú esperabas la llegada de la galera.
Flotaba el brillo en el oleaje. Remos a la orilla.
¿Llegó o se fue la embarcación?
Casi todo resplandecía. Casi todo.

¿Por qué el sauce no se reflejó en la alberca?
El ave sí cantó a pesar del vaticinio,
callado viento de azafrán
habitaría esa noche la pradera.

Eras tú entrando en la habitación, tú atravesando el aire.
Desnuda te esperé. La bañera rebosaba deseo,
el árbol inclinado, la humedad suave
del tacto, los azulejos, el agua, la luz
de la cerámica en los cuerpos.

Luego, el reposo de la llama. Ciegos
nos hundimos en el lino,
roces que colman el abandono
cuando al hielo regresan los cisnes.

***

Génesis

Como un espejo que sangra,
como una herida que escurre,
resbalo.
Desfallezco y resbalo por la boca del volcán,
resbalo entre tus piernas,
tiemblo ante la vacilación.

Tiemblo,
procuro sostenerme.

***


Tzintzuntzan

Arar entre magueyes y arcilla,
beber la sustancia lechosa,
sacar el clavo de la yácata que sangra,
abrir hasta tocar
huesos, palmas, lagrimeros de máscaras caídas.
Bajo la piel de la pirámide
hay otra piel al rojo
y en lo más hondo de la estratigrafía
penetra la coa
y reverdece magueyes:
toda la sustancia lechosa
contenida en una tuna.

***

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